(Sobre)vivir en tiempos de coronavirus

Se han escrito ríos de tinta sobre las consecuencias psicológicas del confinamiento y la pérdida de seres queridos sin posibilidad de realizar cierres adecuados (prohibición de despedirnos de ellos, de oficiar los ritos habituales de despedida, etc.) en los primeros tiempos. Posteriormente, de las propias secuelas que la enfermedad deja a su paso sobre la salud mental de aquellos a quienes afecta. En estos momentos, sumidos de lleno en la «nueva (a)normalidad», cuando parece avistarse la aparición de la vacuna, nos paramos a reflexionar sobre lo vivido. Esta será una historia en primera persona.

Por suerte o por desgracia, me tocó atravesar esta época en un avanzado estado de gestación de la que ha sido mi primera hija, al que se unió el fallecimiento de mi abuela a las dos semanas del decreto del estado de alarma (no por coronavirus afortunadamente). No estaba preparada para ninguno de estos eventos (y quién lo estaba), pero el que menos, esta «película de zombies» con la que nadie contaba cual protagonistas de una novela de Saramago (muy recomendable por cierto, una relectura de alguna de sus novelas en estos tiempos para terminar de rizar el rizo). Pese a ello y gracias al apoyo de mis seres queridos y a una suerte de buen estado de salud mental hemos conseguido sobrevivir a todo esto sin mayores consecuencias.

Incertidumbre, ansiedad, impotencia, miedo, sensación de desrealización, aburrimiento, shock, más desrealización, negación, tristeza, dolor… un cócktel de emociones que muchos de nosotros hemos atravesado, si no una varias veces al día durante los últimos meses.

Da la sensación de que llegar al final de todo esto, cuando por fin se invente y distribuya la vacuna, sin haber sido contagiados será la medida de nuestro éxito o fracaso (menudo reto absurdo).

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